viernes, 23 de marzo de 2012

La verdadera felicidad


 
 

¿Qué es la felicidad?
Menuda pregunta. ¿Cómo definir algo tan amplio, tan personal, tan insustancial?
Sin embargo, de una manera u otra, es lo que buscamos todos.
Podemos describirla por algunos de sus sinónimos: alegría, satisfacción, contento, bienestar, gusto, suerte, dicha…
O por sus opuestos: infelicidad, desdicha, desgracia, sufrimiento…

Según la OMS, la salud es “el completo estado de bienestar físico, psíquico y social de un individuo”. Al margen de que parezca una utopía, podemos describir a la felicidad con las mismas palabras.
La salud es para la felicidad como el cuerpo es para la mente. No existen por separado. Si estamos felices tenemos salud y viceversa.
Mens sana in corpore sano.

Lo insustancial necesita de una base física para manifestarse y lo físico del espíritu para animarse y ser consciente.

La sustancia de la felicidad es la salud.

Nada existe por si mismo.
La felicidad no es un estado absoluto, por lo menos no el tipo de felicidad que podemos conocer, ya que en nuestra realidad cotidiana los sucesos, los objetos y las personas se encuentran entrelazados, su existencia es relativa (existen en relación de interdependencia unos con otros).
Por eso el modelo de felicidad que tanto buscamos se nos escapa, porque ese tipo de felicidad es justamente relativo, está en relación con nuestros sufrimientos, dolores o insatisfacciones.

Entonces, ¿La felicidad es simplemente el espacio entre dos sufrimientos? ¿Somos felices cuando no sufrimos?
Si lo consideramos así, esto significaría que nuestra vida surge de un mar de infelicidad y de tanto en tanto manifiesta un poco de felicidad. Esta afirmación es errónea y negativa.
Podemos decir lo contrario: el sufrimiento es la ausencia de felicidad, o el espacio entre dos felicidades. Tampoco es correcto, aunque un poco más positivo.

Lo que si se puede afirmar es que la felicidad como la conocemos comúnmente no está separada del sufrimiento, no existe por si misma. Es que si no sufriéramos, ¿para que queremos ser felices?

Entonces que es mejor, ¿correr detrás de una felicidad abstracta, huyendo del dolor, o parar y resolver el propio sufrimiento y las propias ilusiones?

Y esto nos lleva a una pregunta más: “¿Qué es la verdadera felicidad?

Hay una respuesta para cada uno. 
Cada persona es diferente y expresa algo distinto, por eso no puede haber un estereotipo de felicidad ni tampoco de infelicidad. Incluso en una misma persona cambia con los años, con la época de la vida, las circunstancias, el biorritmo, la alimentación, los hábitos, etc.

La verdadera felicidad no depende de categorías ni conceptos, surge de la unidad del ser, de la organización y coherencia de sus sistemas.

La mayoría de los aspectos de la vida social conducen a un punto muerto, precisamente porque nos fragmentan, nos separan y aislan. Crean ilusiones y dependencias (adicciones) que nos alejan del ser biológico y de nuestras necesidades fundamentales.
El cerebro, y su actividad electroquímica, queda condicionado para percibir y reproducir siempre la misma realidad, luego solo son suficientes algunos estímulos para que se activen los mismos programas.

La verdadera felicidad no es el resultado de la actividad mental, No depende del placer ni del dolor, tampoco del sistema cerebral de recompensa (neurotransmisores, receptores, etc.). No esta ligada a lo que poseemos ni a la aceptación por parte de los otros. Es pura. Como la risa de un niño, no viene ni va a ninguna parte, no surge de un proceso mental de memoria y selección. Es así, franca, espontánea e inconsciente. Auténtica felicidad.

La verdadera felicidad incluye al sufrimiento, porque lo trasciende. Surge del conocimiento y de la aceptación de si mismo y de su verdadera naturaleza.

Para esto lo mejor es sentarse en zazen: inmóvil, equilibrado, la espalda derecha y la exhalación lenta y profunda. Cuando la mente se calma y el corazón armoniza su ritmo con la respiración, naturalmente una cascada de reacciones químicas modifican el medio interno y la percepción de la realidad.


Esto significa meditar: volver a casa. Girar los sensores y percibir la luz y el silencio interior.

Trascenderse a si mismo significa olvidarse de si mismo. Más allá de los límites de nuestro pensamiento consciente se encuentra el territorio del verdadero ser, el campo de infinitas posibilidades, la fuente de la salud y la verdadera felicidad.

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